Mensajes del pastor Eddy Garrido –Por el Amor de Dios

Textos: Jeremías 29:10-14; Juan 3:16

Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar… Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Introducción:

Yo estoy seguro de que cuando los judíos escucharon estas palabras de Jeremías, por un lado, el corazón se les llenó de terror, porque todavía estaban ellos en su tierra y el profeta les anunciaba que serían llevados lejos de ella de manera forzada. Por otro lado, en sus mentes tiene que habérseles formulado una gran interrogante. Ya que el reino del norte había sido destruido y esparcido por todo el mundo, ahora le tocaría el turno a Judá. ¿Cómo serían ellos de nuevo convocados para constituirse en un reino?

La profecía dice que al cumplirse los setenta años de exilio en Babilonia, entonces regresarían a Judá. Esa parte estaba clara, pero lo que no parecía muy claro es cómo podrían ellos de nuevo ser un reino. Las Escrituras nos cuentan, en los libros de Esdras y Nehemías, la manera en que los judíos regresaron, primero a Jerusalén, reconstruyeron el muro de la ciudad, y se establecieron de nuevo en tierra santa. Pero no cuentan esas Escrituras que se hayan constituido de nuevo en un reino.

Pasarían más de cuatrocientos años desde el regreso del remanente fiel a Judá, para que, finalmente, tuviera cumplimiento toda la profecía. Fue en el año treinta y tres de la Era Cristiana, que en el día de Pentecostés se reunieron judíos de todos los lugares a donde habían sido llevados, escucharon el mensaje del evangelio de Cristo predicado por los apóstoles, y finalmente nació la iglesia. El nuevo reino del pueblo de Dios quedó constituido.

Las Escrituras nos cuentan, en Hechos 2, la manera en que el Espíritu Santo tomó control de todas las cosas y la profecía tuvo su final cumplimiento. En el día de Pentecostés se encontraban los discípulos reunidos, con sus mentes y espíritus en perfecta harmonía. Entonces fue que el Espíritu de Dios vino sobre ellos y los apóstoles comenzaron a hablar en otros idiomas que no eran el idioma arameo que todos hablaban en esa parte del mundo. No es coincidencia que, “Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2:5-6).

Lucas nos da una lista de todos los lugares de origen de los judíos y los prosélitos que estaban reunidos en Jerusalén en ese día: “Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hch 2:9-11).

Más adelante nos dice que cuando toda esa gente escuchó el mensaje, respondiendo a lo que decían los apóstoles, preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hch 2:37b). La respuesta de Pedro a la pregunta de esa gente fue que se arrepintieran y se hicieran bautizar en el nombre de Jesús, para que sus pecados fueran perdonados. Entonces dice Lucas que como tres mil hombres respondieron afirmativamente y fueron añadidos a la iglesia que en ese momento quedaba constituida (Hch 2:41). Se manifestaba el reino de Dios que anunciaba Juan el Bautista y el mismo Jesucristo, cuando decían, “El reino de Dios está cerca.”

I. Hay una bella poesía de Elizabeth Barret Browning, una eminente poetiza inglesa del siglo antes pasado, que se llama Soneto 43. El poema comienza diciendo: “¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras. Te amo hasta la profundidad y la amplitud y la altura mi alma puede alcanzar, cuando se siente fuera de la vista para los fines del ser y la gracia ideal.” Muchos siglos antes Dios ya había dicho esas cosas, y mayores que esas, acerca de la novia del Cordero, la iglesia de Cristo. En Efesios 3:17-19, nos dice el Espíritu Santo por medio de Pablo, “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”

a) Hay un corito que cantamos a veces en la iglesia que dice que el amor de Dios es maravilloso y luego pasa a hablar de lo alto, lo profundo y lo ancho que es el amor de Dios, tanto que no podemos salirnos de él. Pues este corito está basado en la enseñanza de este pasaje en Efesios y otro en Romanos 8:38-39, que dice: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

b) La anchura del amor de Dios nos protege en contra de nuestra tendencia a desviarnos y despacharnos a deambular por el mundo en busca de lo que no se nos ha perdido. Una veces buscando ambiente. Otras veces buscando emociones. Otras muchas veces, simplemente distraídos por las cosas que ofrece el mundo y que nos parecen tan interesantes. Pero no importa qué tan lejos nos puedan llevar nuestros pasos errantes, el amor de Dios es tan ancho que no podemos salirnos de él. Dios no deja de amarnos porque nos hayamos alejado de su presencia.

c) La longitud del amor de Dios nos protege, porque a veces nos alejamos de Dios por algo totalmente opuesto a lo que podemos pensar, nos alejamos porque adquirimos tantos conocimientos hasta el punto de que llegamos a pensar que tenemos todas las respuestas. A veces llegamos tan lejos en el conocimiento de las Escrituras, que comenzamos a formularnos nuestras propias teorías y doctrinas acerca de los oráculos de Dios. Pero no importa la longitud de nuestro viaje, es imposible que Dios deje de amarnos. Su amor todavía nos alcanza por lejos que hayamos andado en la vida.

d) La profundidad del amor de Dios nos protege de nuestras propias elucubraciones. Cuando el hombre y la mujer de Dios se concentran mucho en sí mismos, mirando hacia dentro de sí, profundizando en sus propios pensamientos, puede caer en la disolución de todo vínculo afectivo. El egoísmo crece y el amor por los hermanos disminuye, olvidando por tanto su primer amor (Ap 2:4). Entonces es cuando la profundidad del amor de Dios nos sirve para seguir siendo amados por Él, a pesar de nosotros mismos.

e) La altura del amor de Dios nos protege de nuestras propias ilusiones de grandeza. Muchas veces las personas escalamos altas posiciones en el mundo, ya sea posiciones políticas, en el mundo artístico, en el mundo académico, y hasta en la misma iglesia. Escalamos tan alto que nos llegamos a creer que estamos por encima del bien y el mal. Pero aun cuando nuestros pies no estén tocando la tierra, el amor de Dios no nos abandona. Tan alto es el amor de Dios.

II. Dios tiene pensamientos de paz y no de mal para su pueblo; Él quiere darnos el fin que esperamos (v. 11). El maravilloso amor de Dios, que como Padre amoroso que es, nos busca y nos protege hasta de nosotros mismos. Dios se manifiesta en las cosas tan grandes que ha hecho Él para que hagamos las paces. Porque atendiendo los designios o razonamientos de la carne, nos entregamos a enemistad con Dios, pero Él nos busca y nos rescata de nosotros mismos (Ro 8:7). Dios quiere que tengamos paz con Él y que su amor se refleje en la vida que vivimos.

a) Las Escrituras nos muestran los sentimientos de inmensa ternura que tiene Dios para su pueblo. Cuando Jesucristo llegó a Jerusalén en su último viaje a la ciudad santa, se detuvo a contemplarla y se lamentó de los errores cometidos en ella por sus habitantes, desde tiempos muy antiguos. El sentido lamento de Jesús revela la profundidad del amor de Dios por su pueblo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mt 23:37).

b) Dios siempre quiere atraernos hacia él y abrigarnos bajo sus alas amorosas. El amor verdadero siempre protege y quiere dar seguridad. Por eso es que Dios da esperanza a sus hijos, como decíamos la semana pasada. Porque la esperanza es fortalecida por la fidelidad de Dios, que siempre cumple sus promesas, y la esperanza, a su vez, nos fortalece el espíritu para poder seguir hacia adelante en esta vida con los ojos puestos en la eternidad.

c) Describiendo, desde luego, el amor de Cristo por su iglesia, el apóstol Pablo escribe a los corintios uno de los más bellos pasajes que encontramos en las Escrituras: I Corintios 13. Pablo dice que el amor de
Dios no se concentra en lo que le place a Él ni guarda rencor por las ofensas, sino que espera, sufre, y protege. El amor de Dios se goza de lo que nos conviene a nosotros. Se goza de nuestra seguridad, de nuestra serenidad, de nuestra felicidad. Porque el amor de Dios es maravilloso y no hay otro que ame como Dios nos ama.

III. El amor de Dios no escatima sacrificios. Nos amó tanto Dios, que no escatimó ni a su propio y único hijo para concedernos salvación (Ro 8:32). Yo me pregunto si no será verdad lo que decía Rich Mullins y yo les comentaba hace algunas semanas, que cuando nosotros lleguemos frente al trono de Dios la pregunta que se nos hará a todos es, “¿Sabes tú cuánto te he amado?” Yo creo que si nosotros pudiéramos realmente darnos cuenta del amor inmenso que tiene Dios por nosotros, no habría un solo momento de tristeza que no fuera prontamente iluminado por esa bendita realidad que es el consuelo del exquisito amor de Dios.

a) Juan 3:16 dicen que es el resumen de todo el evangelio de Cristo. Si entendemos que la palabra “evangelio” quiere decir “buenas noticias,” no hay dudas de que lo es, porque lo que dice este versículo bíblico es una excelente noticia. Primero dice que Dios amó al mundo hasta el extremo del sacrifico personal. Eso es muy importante, porque hasta el momento en que Jesús le dijo esto a Nicodemo, los judíos no tenían incorporado a su fe religiosa el concepto del amor de Dios por su pueblo, y mucho menos por todo el mundo.

b) La segunda parte a entender de este versículo del evangelio de Juan es que hay un sacrificio de por medio. Dios amó al mundo de tal manera que dio a su único Hijo para el sacrificio por todos los que creen en él. Las Escrituras señalan que no hay perdón de los pecados sin el adecuado derramamiento de sangre (He 9:22). Durante siglos fue derramada la sangre de corderos y becerros para ocultar los pecados del pueblo de Dios. Pero esto no era más que un ensayo de lo que venía, el verdadero y permanente sacrificio por los pecados del mundo es la muerte vicaria de Cristo en la cruz. Porque con el derramamiento de la sangre del Hijo no se ocultan los pecados, sino que se borran.

c) Lo tercero que vemos en este versículo es que, aunque no lo merecemos, Dios ha establecido con el mundo un intercambio. Él ofrece a su Hijo santo, sin manchas, y nosotros debemos creer en él para ser salvos. Pero no sólo creer una vez y ya. Sino que tenemos que creer continuamente en Cristo, a través de todas las pruebas y dificultades y aflicciones que nos da la vida. Porque dice la Escritura, “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 10:22).

Conclusión:

Probablemente nosotros nunca lleguemos a comprender, mientras estemos en la carne, la amplitud, la inmensidad del amor de Dios por nosotros. Pero, por lo menos, podemos comprender que su amor es muy grande, el más grande amor que pueda encontrarse en toda la historia de la humanidad.

Contemplemos la escena de María y José buscando dónde alojarse en una noche fría. En toda la aldea de Belén había un solo lugar de hospedaje y no tenían vacantes. Esto es alegórico de lo que sucede cada día, que Jesús viene tocando a la puerta de las personas por medio del testimonio de sus discípulos, pero el mundo no tiene cupo para él, porque la mayoría de las personas tiene la mente y el corazón muy ocupados en otras cosas.

Por esto celebramos la Navidad. Que dicho de mejor forma es la Natividad o el nacimiento de Jesús. Que, a la verdad, no sabemos el día exacto en que ocurrió, pero nosotros no celebramos al día, sino al nacimiento. Celebramos el amor de Dios, porque por su amor tenemos un Salvador.

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